Hay normalidades que quiero tanto. Tanto, como abrazar un oso de peluche en la infancia.
Por ejemplo, la brisa del domingo al sol en la cara, la siesta con el gato en la axila, o la noche con árboles en la ventana.
Pero algo ignoto me impide fluir hacia arriba, flotar. Una sutil cáscara, un invisible huevo, me traba.
Sin embargo, estas mismas palabras, aquellas normalidades deseadas y las que vendrán: confío en ellas. Oigo o imagino un resquebrajamiento en ciernes.
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25.9.11
16.2.10
Sin astucia
No sé cómo abrir la boca. Acomodar mis labios en la ajenidad de su piel.
Desde que la conocí estoy horrorizado: ¿cómo es que un cuerpo se acerca a otro cuerpo?
Su presencia pequeña y redonda en la habitación me punza por dentro.
Ya no soy dueño de lo que me sucede. Como un adolescente lanzo vociferaciones impensadas. Tiemblo en latigazos ante la posibilidad de un roce suave.
No puedo, no tengo dónde esconder mi cuerpo afectado. Los otros me observan y leen este fuego desproporcionado, incorrecto.
Ella, en cambio, dobla su mirada para esquivar la mía. Y cuando por fin me mira, temo encontrarla. Mantengo mi visión recta, distante.
A veces no puedo tolerar esos ojos que me atraviesan la garganta, la boca, el cuerpo. ¿Sentirá ella el calor de mis labios? ¿Vibra acaso al contacto de mis manos?
No quiero tocarla y que sepa.
Aún no.
Quiero esperar un tiempo, hasta que sepa cómo colocar mis labios en su beso.
Desde que la conocí estoy horrorizado: ¿cómo es que un cuerpo se acerca a otro cuerpo?
Su presencia pequeña y redonda en la habitación me punza por dentro.
Ya no soy dueño de lo que me sucede. Como un adolescente lanzo vociferaciones impensadas. Tiemblo en latigazos ante la posibilidad de un roce suave.
No puedo, no tengo dónde esconder mi cuerpo afectado. Los otros me observan y leen este fuego desproporcionado, incorrecto.
Ella, en cambio, dobla su mirada para esquivar la mía. Y cuando por fin me mira, temo encontrarla. Mantengo mi visión recta, distante.
A veces no puedo tolerar esos ojos que me atraviesan la garganta, la boca, el cuerpo. ¿Sentirá ella el calor de mis labios? ¿Vibra acaso al contacto de mis manos?
No quiero tocarla y que sepa.
Aún no.
Quiero esperar un tiempo, hasta que sepa cómo colocar mis labios en su beso.
14.1.09
Cool Galactus
A veces soy mala, me entra una furia de romper todo, de cantar verdades absolutas e inundar tus ojos con llanto.
Necesito el látigo en la mano y el goce en el pecho.
Quiero destruir todos los mundos que no son como el mío.
Soy como el diabólico Amán, que destruye todo por una reverencia negada, por un gesto equívoco.
Pero las más de las veces soy una mina copada.
Necesito el látigo en la mano y el goce en el pecho.
Quiero destruir todos los mundos que no son como el mío.
Soy como el diabólico Amán, que destruye todo por una reverencia negada, por un gesto equívoco.
Pero las más de las veces soy una mina copada.
2.11.06
Relatividades de besarse con un profesor VI
La primavera siempre trae consigo nuevas y gloriosas oportunidades para el amor furtivo, para manos estrechándose en caricias por debajo de la mesa.
Aquel día un preceptor pasó por las aulas, pidiendo alumnos que quisieran colaborar con el armado de los disfraces para la murga que daría alegría y color a los próximos festejos en honor al 70º aniversario de la institución.
Alumnita aplicada y aburrida, como no tiene mucho que hacer en su casa, levantó la mano y dio su apellido, guardando en su corazón una secretísima esperanza.
Mientras tanto, en la sala de profesores, la preceptora solterona y con apuro, y nuestro profesor gallardo aceptaban de buena gana la invitación de estar coordinando el tema.
En eso estaban durante el recreo, él le hacía chistes subidos de tono a sonrisitas bedel, cuando ella hizo girar el picaporte, y el hombre se puso pálido. Entonces, como buena recién llegada, saludó a la que podríamos llamar Susana, la de los claritos demasiado claros, y se sentó en la cabecera de la mesa larga, en silencio y con trompita fruncida.
Susana resultó ser algo más lúcida de lo que se hubiera pensado, propuso el siguiente encuentro para el horario de la tardecita, antes de entrar a cumplir su tediosa tarea administrativa y vigilante. Así fue que llegó ese día con el pelo mojado, una remera escotada rosa pálido y unos jeans ajustadísimos que hicieron pensar a todo el alumnado que estaría de amores con un hombre casado. Lo cierto es que en eso andaba, pero todavía no. Nuestra alumna, en cambio salida recién de cursar materias en el turno de la tarde, tenía algo de frizz en su cabello y se sentía el último orejón del tarro.
Enfrentadas las rivales, una con la desesperación como arma, la otra con su juventud lozana; nuestro héroe (si se me permite llamarlo así), tuvo a bien dedicarse al trabajo arduo sin complacer demandas de seducción a la carta.
Cada día de reunión se verificaba una nueva batalla: una ganaba por sus altísimos tacos, luego otra por su minifalda, etc..
Pero el diablo, que sabe más por viejo que por diablo, programó una reunión en la casa de la preceptora, jueves a la noche, cuando alumnita tenía exámen al otro día y lamentablemente no podía acudir (tevamosaextrañar). No quedó más remedio que la intimidad, y otra remera color pastel y unas tablitas en el jean de la minifalda, y que me siento arriba de ese mueble con las piernas cruzadas, y que tomamos unas cervezas para estimular las ganas, y después quiéntediceunapizza en el sillón, y de a poco mi mano en tu entrepierna y mi boca que baja.
El lunes, cuando vio llegar a Susana al aula, tan reluciente y mirarla con heróica lástima, nuestra pequeña dama supo que había ocurrido algo irreparable.
Aquel día un preceptor pasó por las aulas, pidiendo alumnos que quisieran colaborar con el armado de los disfraces para la murga que daría alegría y color a los próximos festejos en honor al 70º aniversario de la institución.
Alumnita aplicada y aburrida, como no tiene mucho que hacer en su casa, levantó la mano y dio su apellido, guardando en su corazón una secretísima esperanza.
Mientras tanto, en la sala de profesores, la preceptora solterona y con apuro, y nuestro profesor gallardo aceptaban de buena gana la invitación de estar coordinando el tema.
En eso estaban durante el recreo, él le hacía chistes subidos de tono a sonrisitas bedel, cuando ella hizo girar el picaporte, y el hombre se puso pálido. Entonces, como buena recién llegada, saludó a la que podríamos llamar Susana, la de los claritos demasiado claros, y se sentó en la cabecera de la mesa larga, en silencio y con trompita fruncida.
Susana resultó ser algo más lúcida de lo que se hubiera pensado, propuso el siguiente encuentro para el horario de la tardecita, antes de entrar a cumplir su tediosa tarea administrativa y vigilante. Así fue que llegó ese día con el pelo mojado, una remera escotada rosa pálido y unos jeans ajustadísimos que hicieron pensar a todo el alumnado que estaría de amores con un hombre casado. Lo cierto es que en eso andaba, pero todavía no. Nuestra alumna, en cambio salida recién de cursar materias en el turno de la tarde, tenía algo de frizz en su cabello y se sentía el último orejón del tarro.
Enfrentadas las rivales, una con la desesperación como arma, la otra con su juventud lozana; nuestro héroe (si se me permite llamarlo así), tuvo a bien dedicarse al trabajo arduo sin complacer demandas de seducción a la carta.
Cada día de reunión se verificaba una nueva batalla: una ganaba por sus altísimos tacos, luego otra por su minifalda, etc..
Pero el diablo, que sabe más por viejo que por diablo, programó una reunión en la casa de la preceptora, jueves a la noche, cuando alumnita tenía exámen al otro día y lamentablemente no podía acudir (tevamosaextrañar). No quedó más remedio que la intimidad, y otra remera color pastel y unas tablitas en el jean de la minifalda, y que me siento arriba de ese mueble con las piernas cruzadas, y que tomamos unas cervezas para estimular las ganas, y después quiéntediceunapizza en el sillón, y de a poco mi mano en tu entrepierna y mi boca que baja.
El lunes, cuando vio llegar a Susana al aula, tan reluciente y mirarla con heróica lástima, nuestra pequeña dama supo que había ocurrido algo irreparable.
24.10.06
Relatividades de besarse con un profesor IV
Un asado en el campus es la excusa. Ella va expectante.
Él es el encargado de coordinar las actividades. Arma los juegos, digita las reflexiones. Padece todo el día pegado al papeleo del cronograma y como tiene al cura rector pisándole los talones, se dedica a ser el docente ejemplar que todo instituto quiere: elegante, dicharachero, de excelente oratoria y amable con las señoras ancianas.
Cuando cae la tarde, y todos se dedican a tomar mate en las lejanías, él la verá pasar y le chistará. Ya no hay monos en la costa.
Ella estará algo resentida por su falta de interés reciente, y dirá que el encuentro le resultó aburrido. Él, herido en su orgullo, aplicará un castigo más fuerte: se pondrá a elogiar a esa preceptora soltera, que se hace claritos en el pelo, y que todas saben que está desesperada por casarse. Nuestra alumna, desilusionada, fruncirá los labios y se alejará, pensando que para siempre.
Sin embargo, a la vuelta, en el micro, se sentarán juntos y harán silenciosamente las paces.
Él es el encargado de coordinar las actividades. Arma los juegos, digita las reflexiones. Padece todo el día pegado al papeleo del cronograma y como tiene al cura rector pisándole los talones, se dedica a ser el docente ejemplar que todo instituto quiere: elegante, dicharachero, de excelente oratoria y amable con las señoras ancianas.
Cuando cae la tarde, y todos se dedican a tomar mate en las lejanías, él la verá pasar y le chistará. Ya no hay monos en la costa.
Ella estará algo resentida por su falta de interés reciente, y dirá que el encuentro le resultó aburrido. Él, herido en su orgullo, aplicará un castigo más fuerte: se pondrá a elogiar a esa preceptora soltera, que se hace claritos en el pelo, y que todas saben que está desesperada por casarse. Nuestra alumna, desilusionada, fruncirá los labios y se alejará, pensando que para siempre.
Sin embargo, a la vuelta, en el micro, se sentarán juntos y harán silenciosamente las paces.
Relatividades de besarse con un profesor III
Otro día más en la vida del treintiañero profesor galante.
Hoy se compró un pulover color bordó al cuerpo, y está esperando el momento de salir al recreo, bajar a la calle, pararse cerca del kiosco e iniciar interacciones, cigarrillo en mano.
La desilusión acontece porque ella va al baño, pide unos apuntes y se queda en el primer piso.
Hoy se compró un pulover color bordó al cuerpo, y está esperando el momento de salir al recreo, bajar a la calle, pararse cerca del kiosco e iniciar interacciones, cigarrillo en mano.
La desilusión acontece porque ella va al baño, pide unos apuntes y se queda en el primer piso.
Relatividades de besarse con un profesor
Quizás no quiere abrir el juego, porque ya conoce las idas y vueltas de la seducción. Primero es una charla en algún pasillo, luego, es un café en el bar de la esquina, con varios alumnos; otro día será unas cervezas entre muchas risas, hasta que se hace de madrugada.
Sorprendentemente, todos se van yendo, menos ella. Luego de adquirir una pasmosa borrachera, se camina -zigzagueante- por alguna calle entre anécdotas y confesiones. Al final, se espera en la parada del colectivo, con los ojos fijos en los ojos del otro.
Quizás haya una caricia oculta, algún roce secreto de las manos. Ella emprenderá el regreso a casa con la seguridad de que ahí algo pasa y una sonrisa enorme.
Es posible que durante varios días él la evite. Y si la ve, sea escueto. Como si se hubiera arrepentido de haber abierto esa puerta.
Hasta que una noche, en una de esas salidas grupales sin sentido, se encontrarán en una fiesta, bailarán mucho, tomarán más, y finalmente (¡por fin!), van a besarse, y a terminar enredados en unas sábanas pardas. Toda la casa revuelta. Ella, con el maquillaje corrido y aliento ácido; él, durmiendo despatarrado, con un hilo de baba que cae sobre la almohada.
Y después ¿qué?
Vendrán días de mirarse, de presentir llamados. De sentirse desilusionados. Quizás haya complicidades y encuentros furtivos por los pasillos.
Todo esto sucederá en primavera. Luego ella pasará de año, y vendrá el verano, trayendo grandes cantidades de olvido.
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