Recuerdo esa primavera en particular.
Los jazmines de su terraza desprendían paz. Nos sentábamos a escucharnos en la cama. Caían de nuestras bocas anécdotas del pasado.
No recuerdo qué decía yo, posiblemente opinara algo o callara, porque el meollo de mi vida de entonces me clavaba maderas en la boca.
Algún día recordaré otra primavera, pero espero no olvidar ésta, aquella.
Recuerdo ese invierno, estaba más sola que una estaca mojada. La noche se cernía en esa soledad de compañías módicas. Y los buitres, siempre dispuestos, picaban mi carne. Nadie levantó la mano ni la voz: ni siquiera yo. Los amigos no me creyeron, incluso me acusaron. No hubo ni un hombre valiente, solo una mujer más que cae.
Recuerdo ese verano, hace siglos, parece. Me dolían mucho las piernas por lo que había caminado, por el peso y el esfuerzo en balde. Pero tenía una esperanza. En mi mano llevaba una piedra: si lo veía, se la tiraba.
Recuerdo ese otoño de calles mojadas y olor a nuevo, entre los libros. La pollera gris era nueva y no harapos. Aquellas botas de chica linda. Y él, ardorosa presencia a la que renuncié por telegrama.
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Algunos hombres nunca deberían envejecer ni casarse ni tener hijos.
Los veo después de tanto tiempo y mi piel se niega a olvidar lo que otrora deseó tanto. Pero ellos, tan en otro mundo práctico de pañales, esposas y cursillos. Ellos, bellos paisajes de mi juventud. Ellos... qué decir. Ese "ya nunca" me entierra por anticipado.
Adiós, amor mío: nunca más te veo.