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23.7.07

El encuentro

El hombre levantó la cabeza cuando entré a su oficina. Por allá lejos, un jefe. Me di cuenta de que eso se interpondría entre nosotros. No me dijo más que ese movimiento de sus ojos hasta que se volvieron a agachar sobre el papel.
Yo hice lo que tenía que hacer y me marché. Pude sentir en mi espalda un grito mudo que se me clavaba, una cierta desesperación cobarde que latía desde su silla incómoda.
Pero salí a la calle. Encerrada en mi tapado, imaginé que otro enamorado más valiente, hubiera salido a perseguirme. Encendí un cigarrillo. Después de todo, mis ilusiones tienden ser verosímiles pero nunca verdaderas.

13.7.07

La mujer ausente

El hombre se quedó fumando tras la ventana, mientras la vida y aquella mujer se le esfumaban como el humo.
Lo más gracioso es que hacía meses que no fumaba, pero ahora, solo, en esa oficina, con ese apretujón en el pecho, no pudo más que rebuscar en todos los cajones hasta hallar ese mecanismo que tan bien conocían sus manos.
Saboreo lo amargo del tabaco casi con disgusto. Pero lo saboreó. Era el momento de resignarse y dejarla ir para siempre de su recuerdo. Pero mierda que le costaba. Parecía tan reciente esa efervecencia en la sangre al cruzarla por los pasillos y guiñarle un ojo. Y ella que sonreía con esos dientes blancos y sus ojos negros.
Esa noche iba a ser terrible, acostarse en la cama con su mujer de siempre, leer un rato hasta apagar la luz y entonces, ya no tener ni la esperanza de acercarse cada día un milímetro más a su presencia. Ya no podría fantasear con la idea de un abrazo y la oportuna complicidad de la vida. Una y otra vez se repetía que a esa edad, esos borbotones del espíritu ya no tenían sentido.

Así que terminó de fumar y salió a la calle rumbo al subte. No podía dejar de pensar en ella, en cómo un último encuentro hubiera podido cambiarlo todo, y en esa clase de ideas que tras los acontecimientos definitivos entretienen a los cobardes.