La primavera siempre trae consigo nuevas y gloriosas oportunidades para el amor furtivo, para manos estrechándose en caricias por debajo de la mesa.
Aquel día un preceptor pasó por las aulas, pidiendo alumnos que quisieran colaborar con el armado de los disfraces para la murga que daría alegría y color a los próximos festejos en honor al 70º aniversario de la institución.
Alumnita aplicada y aburrida, como no tiene mucho que hacer en su casa, levantó la mano y dio su apellido, guardando en su corazón una secretísima esperanza.
Mientras tanto, en la sala de profesores, la preceptora solterona y con apuro, y nuestro profesor gallardo aceptaban de buena gana la invitación de estar coordinando el tema.
En eso estaban durante el recreo, él le hacía chistes subidos de tono a sonrisitas bedel, cuando ella hizo girar el picaporte, y el hombre se puso pálido. Entonces, como buena recién llegada, saludó a la que podríamos llamar Susana, la de los claritos demasiado claros, y se sentó en la cabecera de la mesa larga, en silencio y con trompita fruncida.
Susana resultó ser algo más lúcida de lo que se hubiera pensado, propuso el siguiente encuentro para el horario de la tardecita, antes de entrar a cumplir su tediosa tarea administrativa y vigilante. Así fue que llegó ese día con el pelo mojado, una remera escotada rosa pálido y unos jeans ajustadísimos que hicieron pensar a todo el alumnado que estaría de amores con un hombre casado. Lo cierto es que en eso andaba, pero todavía no. Nuestra alumna, en cambio salida recién de cursar materias en el turno de la tarde, tenía algo de frizz en su cabello y se sentía el último orejón del tarro.
Enfrentadas las rivales, una con la desesperación como arma, la otra con su juventud lozana; nuestro héroe (si se me permite llamarlo así), tuvo a bien dedicarse al trabajo arduo sin complacer demandas de seducción a la carta.
Cada día de reunión se verificaba una nueva batalla: una ganaba por sus altísimos tacos, luego otra por su minifalda, etc..
Pero el diablo, que sabe más por viejo que por diablo, programó una reunión en la casa de la preceptora, jueves a la noche, cuando alumnita tenía exámen al otro día y lamentablemente no podía acudir (tevamosaextrañar). No quedó más remedio que la intimidad, y otra remera color pastel y unas tablitas en el jean de la minifalda, y que me siento arriba de ese mueble con las piernas cruzadas, y que tomamos unas cervezas para estimular las ganas, y después quiéntediceunapizza en el sillón, y de a poco mi mano en tu entrepierna y mi boca que baja.
El lunes, cuando vio llegar a Susana al aula, tan reluciente y mirarla con heróica lástima, nuestra pequeña dama supo que había ocurrido algo irreparable.
4 comentarios:
Dios... qe fea sensacion... qe fea.
Si hay una prueba contundente que certifica la existencia del malvado diablo es el hecho de que un hombre pensante se quede con una mina "armada" con deseperación antes que una con juventud lozana.
Nuevamente aqui hay una muestra de la incomprensión mutua de la psique de cada sexo.
Si la chica supiera que su profesor, por muy profesor que sea, no es un hombre de otro mundo, sino que uno igualmente dominado por psus pulsiones como cualquier otro hombre, no se sentiría en absoluto dañada, puesto que este profesor, repito, "va a lo que le venga".
Esta chica todavía tiene oportunidades. Pero si su competidora está desesperada más por el sexo que por la compañía, entonces las posibilidades se reducen, pero no se anulan.
ah, Laucha...
La incomprensión mueve al mundo. Qué se le va a hacer.
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