19.3.10

Quien quiera París, que le cueste

Duermo con dos gatos huérfanos, en realidad no duermo. Entra demasiada luz por la ventana estática, un gato gordo se me adhiere como si fuese su colchón personal y yo no tengo lo que químicamente hace falta para caer presa del sueño.

Son días difíciles y amenazantes. Amenazan empeorar antes de mejorar. Antes de poder tirarme a comer empanadas y a tomar vino en el sillón naranja de una casa propia, antes de mirar paredes ya blancas, antes incluso de inventar decoraciones o sentarme sola una mañana a estudiar en la cocina, mientras los zorzales cantan en el parque.

Antes hay que pintar sin tiempo, escribir sin tiempo, leer sin tiempo y viajar en tren distancias infinitas.

El proceso hoy, en sus primeras horas, me parece tiránico y agotador.
Pero ya vendrán los días y sus vuelos para enseñarme a flotar en el mar inmenso.

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