16.6.08

Demonios inocentes

Después de muchos días había decidido arreglarse. Peinarse un poco, vestirse decentemente. No había indicios, ni huellas, ni miradas furtivas. Y esa ausencia, fue la excusa perfecta. Esa mañana, luego de lavarse la cara, arremetió contra su imagen. Ese que había sido tantos días, tantas tardes, ese solitario de cara cansada. Esa cara que ahora palpaba y aplastaba entre sus dedos. Esos dedos que un día, al pasar, tocaron su rostro, ese otro continente, esa otra maravilla que nunca fuera suya.

Luego, cuando la vio llegar entre otras las multitudes, llevó adelante su acto desorientador. La trató como si apenas la conociese, fingió partir varias veces para retornar tras unos instantes. La abochornó un poco frente a los demás, prefirió la compañía de mujeres más dadas a la charlatanería. Todo sucedió de forma tal que nadie pudo levantar una ceja y elaborar una sospecha.
Pero el hombre olvidó reprimir su vitalidad, y esa tarde, todos sus espectadores lo vieron vivaz, como nunca: compartiendo charlas inteligentes, jugando con los niños, sonriéndole a las mujeronas y enojadísimo, iracundo con aquella pobre muchacha.

Al retirarse de la reunión, lo felicitaron por la estupenda velada.
Ella se marchó con los labios cerrados, acompañada.

Y él, en su cuarto, desarmado y a solas con el Minotauro.


No hay comentarios.: