Él se levantó temprano ese día. Como siempre: una ducha corta (aún con los ojos cerrados) y luego vestirse, tomar un café, dos galletitas y auto, Gral. Paz, su ruta, trabajo.
Supongo que ya todos sabrán que me refiero al hombre claro.
Desde que el hada emprendió su viaje, él ha tenido trastornos emocionales. Ya no juega al fútbol los jueves por la noche con sus amigos, porque dice que tiene un fuerte dolor en la rodilla (posiblemente los meniscos). Tampoco cocina los domingos al mediodía, sino que se sienta en una parrilla oscura, rodeado de viejos, a comerse un sanguche de chorizo o morcilla. Y cuando se baña, tiene la impresión de que su miembro viril se le ha empequeñecido, y se siente triste y solo y viejo.
Él no sabe por qué todas estas tristezas. Raro en su persona, muy raro, porque solía ser un tipo enamorado de la vida. De esos a los que les brillan las pupilas y uno se figura que son santos sin altares, soles de sistemas solares desconocidos, perdones y absoluciones de dios para toda la humanidad.
Lo cierto es que un viernes a la noche lo llamó una ex novia. Y le dijo que si quería dar una vuelta. Y él, ajustándose a la no memoria le dijo que sí, que iban.
En el auto, la tipa feroz lo abrazó y le mordisqueó la oreja, (el pobre no entendía nada), después le metió la mano por la cremallera del pantalón, y el resto no hace falta ni que lo cuente. Etc.
15 minutos después, el tipo estaba todavía más triste y buscando la calle que ella le indicaba.
-Es acá.
-Chau, perdón...
-Hablamos...
-Sí, hablamos...
Y se fue manejando marcha adelante (pero para atrás) y con ganas de llorar, en el fondo algo furioso con él mismo. Se dijo que la mina era muy fea, que ya no era la de antes, que estaba vieja, con olor a rancio y que -simplemente- un tipeja de esas cualidades, difícilmente hubiese podido llegar a insipirarlo.
Cuando puso la llave en la cerradura, y abrió la puerta, su casa húmeda y oscura le pareció un ataúd gigante y deseó que pronto pronto llegase el lunes para tener que ir al trabajo.
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