28.3.05

Hechizo número 106/3

El hada de octubre se despertó aquella mañana mareada. Salió sin ton ni son por las calles grandes de un centro de la ciudad desconocido, desierto.
Caminó afiebrada por las calles anchas.
Se molestó por las obras de ensanchamiento de veredas que le impedían (dada su forma humana) cruzar por el medio de la calle en la avenida Corrientes.
Vio teatros con carteles luminosos, restaurantes con Pablo Alarcón incluido. Lunas misteriosas en un cielo de película. No era de día ni de noche para ella. O mejor dicho: era todo al mismo tiempo.

Se cruzó con otras de su raza, que venían volando como panaderos por el medio de los autos. Pero ella temía la lluvia próxima, así que siguió con sus dos piernas recias y sus suecos contra el asfalto.

Entró a un edificio y fue hasta la terraza. Allí se sentía más cerca de ella misma. En ese aire de altura y gracia. A lo lejos se escuchaban las campanadas de una iglesia que resucitaba de la tristeza de los inciensos.

Respiró profundo, y toda la ciudad entró en ella.
Cuando dejó escapar el aire supo que era hora de un nuevo hechizo.
Hechizo de pueblos lejanos, de aire cálido, de Illinois en Buenos Aires.
Puso las manos sobre su pecho y desató lo imparable.
El día se hizo día. La noche, noche. Las fortalezas se cayeron a la lejanía, las bombas atómicas suspiraron. En algunas máquinas cesó el funcionamiento de los motores. Se escuchó el susurro de las avispas, el sol encandiló a quien lo miraba. En la cornisa el hada de octubre estalló en luz y se volvió gota y aire cálido.

El hombre claro, a la distancia levantó su mirada al cielo mientras se cebaba un mate y pensó:

-Llueve con sol, se está casando una vieja...

Una imperceptible gota le acarició la mejilla. El no cuestionó su procedencia.

La lluvia cesó, y los motores volvieron a encenderse, inexplicablemente.

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